1984 o Un mundo feliz: qué distopía leer primero

Torre de vigilancia brutalista frente a una cúpula de cristal luminosa al anochecer

Introducción

El 21 de octubre de 1949, desde Wrightwood, en California, Aldous Huxley escribió una carta a George Orwell. Orwell había pedido a sus editores que le enviaran un ejemplar de 1984, publicada en junio, a Huxley, que por su mala vista tenía que racionar la lectura, tardó en ponerse con ella. Entre los dos había una historia antigua: en 1917 Huxley dio clases de francés en Eton durante una temporada corta, y uno de sus alumnos era un chico llamado Eric Blair, el futuro Orwell.

La carta empieza con elogios y enseguida se convierte en una discusión. Huxley dudaba de que la política de la bota sobre la cara pudiera sostenerse indefinidamente y apostaba por otra vía. Lo dijo así: «el condicionamiento infantil y la narcohipnosis son más eficaces, como instrumentos de gobierno, que las porras y las cárceles». Es decir, el poder del futuro no necesitaría torturar a nadie si conseguía que la gente amara su servidumbre.

Esa carta resume el dilema de quien quiere leer distopías clásicas y no sabe por cuál empezar. 1984 y Un mundo feliz imaginan dos maneras opuestas de quitarle la libertad a una sociedad: por el miedo o por el placer. Las dos merecen la pena, pero no producen la misma experiencia de lectura, y el orden en que se lean cambia bastante la forma de entender la segunda.

Los autores en breve

Aldous Huxley nació en Godalming (Inglaterra) el 26 de julio de 1894, en una familia de científicos: su abuelo era el biólogo Thomas Henry Huxley, defensor de Darwin, y su hermano Julian fue también biólogo y divulgador. A los dieciséis años una queratitis lo dejó casi ciego durante unos dieciocho meses, y la vista le acompañó como problema toda la vida. Antes de Un mundo feliz ya era un novelista de éxito con sátiras de ideas como Contrapunto (1928). En 1937 se instaló en California, donde escribió Las puertas de la percepción (1954) y su utopía tardía, La isla (1962). Murió en Los Ángeles el 22 de noviembre de 1963, el mismo día en que asesinaron a Kennedy.

George Orwell se llamaba en realidad Eric Arthur Blair y nació el 25 de junio de 1903 en Motihari, en la India británica. Tras Eton, sirvió cinco años en la Policía Imperial de Birmania y dejó el puesto en 1927. En la Guerra Civil española combatió con el POUM y recibió un disparo en el cuello cerca de Huesca el 20 de mayo de 1937; de aquella experiencia salió Homenaje a Cataluña (1938). Luego llegaron Rebelión en la granja (1945) y 1984. Murió de tuberculosis en Londres el 21 de enero de 1950, siete meses después de publicar su última novela.

Conviene tener presente esta diferencia biográfica. Huxley escribe desde la curiosidad del intelectual que observa la ciencia y el consumo con ironía. Orwell escribe desde alguien que ha visto de cerca la propaganda y la represión política, y eso se nota en cada página.

1984, de George Orwell (1949)

Winston Smith vive en Londres, capital de lo que fue Gran Bretaña y hoy es una simple provincia del superestado de Oceanía, y trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su oficio consiste en reescribir periódicos antiguos para que el pasado coincida siempre con la versión oficial del Partido. En cada casa hay una telepantalla que emite y vigila a la vez, la Policía del Pensamiento persigue incluso las dudas, y cada día los funcionarios gritan contra el enemigo público, Emmanuel Goldstein, durante los Dos Minutos de Odio. Winston empieza un diario a escondidas, y con ese gesto mínimo comienza una rebeldía que la novela sigue hasta sus últimas consecuencias.

Orwell la escribió en Barnhill, una granja aislada de la isla escocesa de Jura, sin electricidad ni agua caliente, entre 1946 y finales de 1948, ya enfermo de tuberculosis; terminó el primer borrador en la cama. Barajó llamarla El último hombre de Europa. La publicó Secker & Warburg el 8 de junio de 1949, con una primera tirada británica de 25.575 ejemplares, y en 1989 ya estaba traducida a 65 idiomas. De ella vienen conceptos que se usan a diario sin pensar en su origen: el Gran Hermano, la neolengua, el doblepensar, la habitación 101.

Su fuerza está en el detalle cotidiano del miedo: la telepantalla que nunca se apaga, el vecino que puede denunciarte, el pasado que cambia de un día para otro. Su punto débil, para algunos lectores, es la parte central, donde la novela se detiene a reproducir largos fragmentos del libro de Goldstein. Hay quien lo considera un ensayo encajado a la fuerza, y es verdad que frena el ritmo, pero ahí está la explicación de cómo funciona el sistema.

La edición más fácil de encontrar es la de Debolsillo, con traducción de Miguel Temprano García. También circula en Destino, en su colección de clásicos.

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Calle gris de una ciudad británica de posguerra bajo carteles y pantallas de vigilancia

Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932)

Londres, año 632 después de Ford. Los niños ya no nacen: se fabrican en el Centro de Incubación y Condicionamiento y se reparten en castas (Alfa, Beta, Gamma, Delta y Épsilon) según la inteligencia que el Estado necesite. Cada uno está condicionado desde la infancia para querer exactamente la vida que le ha tocado y, si alguien se siente triste, tiene el soma, una droga gratuita que borra cualquier malestar. Bernard Marx, un Alfa que no encaja del todo, viaja a una reserva de «salvajes» y vuelve con alguien que nunca ha conocido ese mundo. A partir de ahí, la novela enfrenta dos formas de vida que no pueden entenderse.

Huxley la escribió en 1931, entre mayo y agosto, en Sanary-sur-Mer, en la costa francesa. Chatto & Windus la publicó en febrero de 1932. Nació en parte como burla de las utopías optimistas de H. G. Wells, y en parte de un viaje a Estados Unidos durante el que Huxley leyó la autobiografía de Henry Ford y vio sus principios aplicados por todas partes. De ahí que el calendario de la novela empiece con Ford y que la cadena de montaje funcione como una religión. El título viene de La tempestad de Shakespeare, de la exclamación de Miranda al ver por primera vez a otros seres humanos.

Es una novela más irónica que 1984, a ratos casi de comedia, y por eso engaña: se lee con una sonrisa hasta que el lector se da cuenta de que muchas cosas de ese futuro le resultan cómodas. Los personajes son menos profundos que Winston, y el diálogo final entre el Salvaje y el Interventor Mustafá Mond pesa más como debate filosófico que como escena. En 1958 Huxley volvió sobre sus ideas en el ensayo Nueva visita a un mundo feliz, una colección de textos sobre los problemas sociales y económicos que habían inspirado la novela.

En España la tienes en Debolsillo, con la traducción clásica de Ramón Hernández. Si quieres una edición con introducción y notas, Cátedra la publicó en 2013 en su colección Letras Populares, traducida por Jesús Isaías Gómez López.

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Comparativa: miedo contra placer

El teórico de la comunicación Neil Postman lo explicó en el prólogo de su ensayo Amusing Ourselves to Death (1985): Orwell temía que nos ocultaran la verdad; Huxley, que la verdad acabara ahogada en un mar de irrelevancia. Esa idea sirve de resumen, y la tabla ayuda a ver el resto.

1984Un mundo feliz
Cómo se controlaVigilancia, castigo y propagandaCondicionamiento, consumo y droga
Qué siente la poblaciónMiedo y odio dirigidoSatisfacción permanente
Arma principalEl lenguaje (neolengua) y la reescritura del pasadoLa biología (incubadoras y castas) y el soma
TonoOpresivo, realista, sin respiroSatírico, frío, por momentos cómico
ProtagonistaWinston, un hombre corriente que se rebelaVarios personajes; ninguno ocupa todo el centro
ContextoEstalinismo, nazismo, posguerraFordismo, eugenesia, Gran Depresión
DificultadMedia; el libro de Goldstein exige pacienciaMedia-baja; el arranque técnico es lo más árido
Extensión aproximadaUnas 330 páginas en bolsilloUnas 250 páginas en bolsillo

Lo que las une es igual de interesante. En las dos el Estado decide qué es la felicidad, en las dos los libros antiguos son peligrosos y en las dos el problema de fondo es si una persona puede seguir pensando por su cuenta cuando todo a su alrededor está diseñado para impedirlo. También comparten un antecedente: Nosotros, del ruso Yevgueni Zamiatin. Orwell la conoció en 1944, la reseñó en 1946 en la revista Tribune y trabajaba ya en 1984; Huxley, en cambio, aseguró en 1962 que había escrito su novela antes de oír hablar de Zamiatin.

La lectura de cada una ha cambiado con los años. Durante la Guerra Fría, 1984 parecía la profecía más acertada. Hoy, con el entretenimiento infinito en el bolsillo, mucha gente siente que Huxley acertó más. Lo honesto es reconocer que ninguna de las dos sustituye a la otra: describen mecanismos distintos que pueden convivir.

Laboratorio luminoso y aséptico con hileras de frascos de cristal bajo luz suave

Cuál leer primero según el lector

  1. Si nunca has leído una distopía: empieza por 1984. Su argumento es más lineal, tiene un protagonista con el que identificarse y fija el vocabulario que luego reconocerás en todas las demás.
  2. Si te interesa la actualidad (redes, consumo, entretenimiento): Un mundo feliz. Escrita en 1932, sorprende lo poco que hay que forzarla para leerla como una crítica del presente.
  3. Si quieres leer las dos: primero Un mundo feliz, luego 1984. Es el orden cronológico, y así llegas a Orwell con la carta de Huxley en la cabeza y puedes juzgar quién tenía razón.
  4. Si eres lector joven o vas a leerla en clase: 1984 suele funcionar mejor; Un mundo feliz tiene un arranque descriptivo que puede desanimar.
  5. Si te gusta la sátira y la ciencia ficción de ideas: Un mundo feliz, y después pasa a Philip K. Dick o a Stanisław Lem.

Si solo vas a leer una este año, la elección depende de qué te inquieta más: que te prohíban pensar o que dejes de querer hacerlo.

Otras distopías para seguir

Después de Orwell y Huxley, estas tres completan el mapa del género. Cada una añade un mecanismo de control distinto.

Tres distopías para continuar

Conclusión

Orwell murió tres meses después de que Huxley le escribiera. La discusión, en cambio, sigue abierta. 1984 es la novela que hay que leer para entender cómo funciona la propaganda y por qué importa el lenguaje. Un mundo feliz es la que hay que leer para desconfiar de la comodidad. Nuestra recomendación para la mayoría de lectores es empezar por Orwell, por ser más directa, y leer a Huxley justo después, cuando todavía tienes a Winston fresco y la comparación se hace sola.

Si te quedas con ganas de más ciencia ficción con ideas, tienes nuestra selección de los 5 mejores libros de ciencia ficción, el perfil de Philip K. Dick, que llevó la paranoia de la vigilancia a otro nivel, y el de Ursula K. Le Guin, cuya Los desposeídos funciona como respuesta utópica a todas estas pesadillas.